
Vida que pesa más que pasa, y pasa como el peso que deja la vida.
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Pd: Saa... me intriga saber cómo está la novela... y sobre todo, cómo estás tú!!!
Labelén... La misma Belén, adherida a un artículo superlativamente equinoccial...
QUITO, QUITEÑOS Y FIASCOS
¿Dónde entonces, la nostalgia, la absurda manía de hallarnos, podían ser similares? Nada más ni nada menos se esperaría en este mundo de ataduras y desgano.
Dónde y hago exclamación entre las calles que el silencio habita, que el dolor reclama, que la duda abriga.
El desorden se dilata por entre las paredes, se mece en la ventana y hasta el aire y su piel huelen a desorden. Ese desorden público, desorden mental, desorden abierto como los cajones abiertos que nos rodean, desorden de mercado, de plaza, de huellas, de humedad.
Todos los relojes de esta maldita ciudad marcan una hora precisa, aquí dan las siete de la mañana y en tu cabeza siguen volando mariposas de tiempo, el sol se clava en la quietud de un pensamiento, allí es cuando asaltan las ideas, entre líneas o entre bostezos.
Tout me semble égal.
- Quiero parir un maldito verso – dije para mí, en voz alta.
- Y yo quiero tus labios – respondió.
Nadie en este punto de la historia puede comprender la relación que llevamos, ni la paciencia con que nos desenvolvemos, la solemnidad con que nos examinamos, uno frente al otro, despacio.
Pupilas isocóricas, tres milímetros exactos, miosis, midriasis, normofotorreactivas.
Su respirar pardo, suspirar incompleto, labios entreabiertos y cansados. De cada una de sus comisuras brota la poesía que falta en mí.
Yo, quizá, susurro malherido y desorientado, de voz tenue, de mirar rojizo, con bradicardia de amores y desenfreno pasivo. Dos mundos de ironías, dos cuerpos de redacción, de papeles, de renovaciones y adelantos en pos de la supresión.
Nos contemplamos despacio, como esperando que algo o alguien advirtiese nuestra monotonía. Nos analizamos entre dientes. Asiento con la cabeza infestada de canas, estigmas y arrugas, le sonrío. Por más que lo intente, cada una de sus respuestas, de sus ocurrencias, le pone a mi vida ese toque vulgar desacostumbrado: el vivir.
Siento que su aliento me reanima, me regresa de la tierra, del sepulcro de besos que cada noche me desvela, de los incontables sueños abortados a orillas de los hospitales que frecuenté.
Me sabe su locura a esa palpitar de antaño, al abuelo que sonríe los años perdidos desde los zaguanes que ignoran mi silencio.
Pero no. Pienso que no sólo me ocasiona eso su voz, sus gestos. Todo aquí me sabe a desvarío, a un desvarío más allá del habitual. Nuestras latas de pintura se consumen al aire y nos abandonan, la última esquina del último cuadro, del último destierro que plantamos en esta habitación.
- Háblame – responde a una interrogante que no he pronunciado salvo en relativo mutis imperfecto.
- ¿Qué puedo acotar en ti?
Volvemos a mirarnos, sonrisas fijas, temple dignísimo de cualquier engaño.
Esta ciudad es mansa y metastásica. Su sangre son los miles de pasos que nos intimidan por las calles, a diario. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué estúpido dolor agregar? Tengo la impresión de espías, de ojos injuriándome la respiración...





